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West Side Story 60 años después, ahora es el momento para nosotros

Steven Spielberg
Twentieth Century Fox production assigned a $100 million budget for a West Side Story remake directed by Steven Spielberg. Twentieth Century Fox dedicó un presupuesto de $100 mil millones para una nueva versión de West Side Story, dirigida por Steven Spielberg. Photo: Gage Skidmore

Como un zombi que elude repetidamente la muerte, West Side Story llegará otra vez a un teatro cerca de usted, esta vez como una nueva película.

A estrenarse el próximo mes, la producción de Twentieth Century Fox cuento con un presupuesto de $100 millones y es una colaboración con el director Steven Spielberg y el dramaturgo Tony Kuschner (“Ángeles en América”). Basado en un espectáculo de Broadway de 1957 del mismo nombre, West Side Story es uno de los musicales más influyentes en la historia de Hollywood. A menudo descrita como una historia clásica de dos amantes desventurados inspirados en Romeo y Julieta de William Shakespeare, West Side Story también ganó 10 premios Oscar, lo que la convierte en el musical más reconocida por la industria. Los fanáticos reverencian sus letras y coreografías, su integración sin precedentes de la música y la danza en una narrativa cinematográfica y el compromiso con los temas de "problemas sociales", como la "delincuencia juvenil", la migración y la violencia sexual, ausentes en la mayoría de los musicales de la época.

De lo que no se enteraría al leer casi la totalidad de las reseñas y comentarios sobre West Side Story es que representa un momento decisivo para visualizar lo racial en Estados Unidos. La película fue el primer producto cultural importante estadounidense — y aún es la más vista y exportada — en reconocer a los puertorriqueños como un grupo étnico Latino específico con características físicas particulares (moreno, cabello oscuro, esbelto) y rasgos de personalidad (ruidoso, sexy y colorido). Basándose en estereotipos centenarios sobre los latinos, las mujeres son virginales e infantiles o sexuales y ardientes; los hombres son violentos y camarillistas. Todos son bailarines fenomenales.

Ser vistos de esta manera ha tenido su costo. Ciertamente, West Side Story asocia a los puertorriqueños con una película icónica y una actuación galardonada de Rita Moreno —quien es la única miembro principal del elenco puertorriqueño. Pero también popularizó ampliamente los estereotipos racistas y sexistas que continúan dando forma a cómo el mundo ve a los puertorriqueños y cómo se ven a ellos mismos. Para muchos, West Side Story ha sido nada menos que un trauma fundacional que se reproduce continuamente, como un círculo vicioso.

La misión de Spielberg

En esta turbulenta historia entra Spielberg, uno de los directores más célebres del mundo, con el objetivo de “corregir los errores” del pasado. Para Spielberg, hay dos asuntos claves que resolver. El primero tiene que ver con las representaciones "inauténticas" de los puertorriqueños, lo que, al igual que con los creadores originales, significa en gran medida que los actores luzcan y suenen debidamente latinos. Dado que el maquillaje ocuro y los acentos exagerados ya no aceptables hoy en día, Spielberg contrató a actores latinos “verdaderos” y entrenadores de voz para garantizar acentos precisos, incluso de puertorriqueños nacidos en Estados Unidos que, como según Spielberg, “han vivido en Nueva York demasiado tiempo para poder recordar de dónde vienen”.

El segundo tema es la retórica xenófoba de la película. Spielberg ha defendido la necesidad de una nueva West Side Story porque cree que puede ayudar a combatir el discurso antiinmigrante y lo que “está ocurriendo en las fronteras”. Que Spielberg, y la prensa, no vean ningún problema con estas declaraciones revela cuántos continúan viendo a los puertorriqueños a través del enfoque de West Side Story. Aunque los puertorriqueños a menudo se encuentran con una hostilidad racial y cultural similar a la que enfrentan otros latinos, no son inmigrantes y tampoco sufren los peores efectos de las políticas anti-immigrantes dirigidas principalmente a los mexicanos. En cambio, los puertorriqueños, a quiénes el Congreso les impuso la ciudadanía estadounidense en 1917 para apaciguar su descontento político, son migrantes coloniales que se desplazan en gran número a los Estados Unidos no para escapar de los problemas latinoamericanos, sino de las condiciones coloniales impuestas por ese país.

Sin embargo, independientemente de las posibles deficiencias de esta nueva producción cinematográfica, el tema crítico para los puertorriqueños puede que ya no sea la película como texto, sino lo que su resurrección nos dice sobre el poder. Esta West Side Story llega después de 60 años de una robusta crítica académica y activismo latinx, y generaciones de reelaboraciones del musical por parte de artistas como Adál Maldonado. En su evocador video de 2002, West Side Story Upside Down, Backwards, Sideways, and Out of Focus (La Maleta de Futriaco Martínez), Maldonado remezcla clips, pietaje verité y actuación en vivo para indagar sobre el dolor, la rabia y la pérdida por causa de la migración colonial. No obstante, estas perspectivas siguen en gran parte ausentes de la esfera pública. En esta conversación, todavía “no hay lugar para nosotros”.

Igualmente inquietante, el estreno de la película llega en un momento de crisis sin precedentes para los puertorriqueños. Durante los últimos 10 años, Puerto Rico ha estado sujeto a un régimen de austeridad perpetuado por Wall Street, y agravado por la negativa del gobierno de los Estados Unidos de brindar asistencia puntual y adecuada después de que el huracán María tocara tierra en 2017. Este cóctel político fatal ha resultado en miles de muertes relacionadas al huracán y una ola migratoria aún mayor que la “gran migración” de la década de 1950. Hoy, 5.8 millones de puertorriqueños viven en Estados Unidos, casi el doble de los que viven en el archipiélago caribeño. Además, mientras el 44% de los puertorriqueños viven por debajo del umbral de la pobreza, las políticas que atraen capital estadounidense han provocado que millonarios americanos se establezcan en la isla con el objetivo de evadir pagar sus impuestos. Dado este contexto, cuando una verdadera guerra territorial está causando el despojo y el desplazamiento masivo de los puertorriqueños, una actualización del mensaje liberal de “tolerancia” de West Side Story no da a la medida.

“Dar vida a West Side Story en estas condiciones—en lugar de utilizar recursos para apoyar y amplificar voces latinas—es reinscribir su importancia simbólica, afirmar la autoridad cultural blanca, y evitar que surjan otras narrativas”

Además, en un momento en que la industria continúa negándole la oportunidad a los puertorriqueños y otros latinos que ellos cuenten sus propias historias, Hollywood asignó $100 millones a un nuevo grupo de hombres blancos para volver hacer lo mismo otra vez. Al enmarcar y contener la narrativa en el paradigma de “autor”—una película de Steven Spielberg— la nueva producción también reitera la idea de que Spielberg, como Jerome Robbins y Robert Wise antes que él, es el agente autorizador de las historias puertorriqueñas. Dar vida a West Side Story en estas condiciones—en lugar de utilizar recursos para apoyar y amplificar voces latinas—es reinscribir su importancia simbólica, afirmar la autoridad cultural blanca, y evitar que surjan otras narrativas. Es como si Porgy y Bess (1959), otra película basada en un musical de Broadway, o Guess Who's Coming to Dinner, una versión (más) liberal de 1967 sobre el amor interracial, escrita y dirigida por blancos, aún reinaran como las películas “negras” más esenciales que se han hecho. Desde este punto de vista, incluso una West Side Story “mejor” es una tragedia.

Entonces, dada las muchas razones para olivdar a West Side Story, ¿por qué seguir insistiendo en mantenerla viva? Spielberg declaró que fue su amor por la música del show lo que primero lo atrajo. Pero hay mucho más en juego con el lanzamiento de West Side Story que la nostalgia de un hombre.

Como el poder se mueve

Actualmente, no es económicamente viable ni políticamente posible que los medios de comunicación y otras instituciones ignoren por completo la diversidad histórica y creciente de la nación. Al mismo tiempo, para los jefes de los estudios y personal creativos blancos, es igualmente importante mantener el control sobre quién cuenta historias y quién se beneficia de contarlas. Como en el pasado, la solución liberal blanca mantiene en gran medida el poder decisional y las ganancias en sus manos mientras simulan realizar historias más diversas a través de la selección de actores y cambios menores a la trama. O como comentó Kushner, “Intentamos complejizar un poco a los personajes. Darle un poco más de especificidad”. El objetivo final de esta táctica es garantizar la reproducción de productos culturales blancos sin que sus creadores se califiquen de racistas o renuncien a su poder para determinar qué cuentos vale la pena contar y cómo se pueden modificar. En consecuencia, la industria producirá más historias llamadas “étnicas” y se las venderá a un mercado nacional cada vez más diverso en lugar de facilitar medidas reparadoras o formas de narración justa.

Al final, la mejor manera de acabar con el zombi de West Side Story es crear y exigir mayor producción de historias Latinas desde múltiples puntos de vista. Como lo expresó la actriz Suni Reyes en su sketch de “América una parodiamusical” (America a Musical Parody), “¿Por qué seguimos cantando esta misma canción? Es hora de construir un presente más allá de West Side Story, no ‘algún día, en algún lugar’, sino ahora mismo”.

Traducido por Juana Ponce de León.

Otras lecturas por Frances Negrón-Muntaner:

Our Rita: How Rita Moreno’s Puerto Rican Roots Changed American Culture

Feeling Pretty: West Side Story and Puerto Rican Identity Discourses



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