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La complicidad en el robo de identidad latina

Collage Latina identity theft
Rachel Dolezal, Jessica Krug and Natasha Bannan claimed to be Black or Latina women and took on influential opportunities meant for people of color.

La última mujer blanca que fingió ser latina nos golpeó de cerca.

El 7 de enero, la periodista Tina Vásquez reveló en Prism que la destacada abogada de derechos humanos Natasha Lycia Ora Bannan, quien afirmó ser puertorriqueña y colombiana durante casi dos décadas, era, de hecho, una mujer blanca de ascendencia italiana, irlandesa y rusa. La respuesta de Bannan ante el choque inicial y la ira justificada de muchas defensoras de la justicia social latinx fue aferrarse aún más a la apropiación de su supuesta identidad. En la primera de sus dos declaraciones, escribió: "Me he identificado como latina durante décadas, no por el deseo de explotar o aprovecharme de una comunidad que ayudó a criarme, sino más bien porque sabía que realmente era parte de mi historia a pesar de no tener raíces ancestrales en América Latina". Si bien Bannan ha dimitido de numerosos puestos – muchos de ellos destinados a las personas de color –, la disposición de sus defensoras de enfocarse en sus contribuciones y descartar las implicaciones de su farsa apuntan a una amenaza duradera y más insidiosa.

El cosplay cultural y la complicidad

Las defensoras de Bannan aplaudieron sus contribuciones de su "buen trabajo" limitándose a los actos públicos de promoción, sin abarcar también su comportamiento y trato a puerta cerrada. Con comentarios como Tú eras más boricua que la mayoría, estas defensoras dejan claro las divisiones que se encuentran en y supuran nuestros movimientos debido a la anti-negritud, la colonización internalizada, el machismo y el elitismo.

Una mujer blanca con educación formal como Bannan puede usar un acento falso y servir como portavoz del movimiento sin ser cuestionada. Elogiamos su actuación haciendo frente a la mirada vigilante del blanco (white gaze) porque es atrevida y, al mismo tiempo, "respetable". Mientras tanto, sometemos a una latina negra con experiencia propia y conocimientos de base a pruebas de identidad que nunca podrá pasar. Me pregunto cuántas latinas brillantes han sido rechazadas cada vez que permitimos que una Natasha Bannan se deslice a través de nuestros ismos desvalorizados y abusar de los matices de la identidad cultural.

“Cuántas latinas brillantes han sido rechazadas cada vez que permitimos que una Natasha Bannan se deslice a través de nuestros ismos desvalorizados y abusar de los matices de la identidad cultural?”

Las mujeres blancas que se apropian de identidades marginadas y usurpan posiciones de influencia en los círculos de justicia social no se insertan como hermanas.

Recuerdo cuando la académica y activista Rosa Clemente relató públicamente cómo en una cena de la facultad en Spokane, la cosplayer racial Rachel Dolezal cuestionó la legitimidad de las personas afro-latinas en Black Lives Matter. Una profesora afroamericana compartió una lista detallando las maneras en que Dolezal la violó en su esfuerzo por perpetuar su artimaña. Jessica Krug, otra farsante, solo se confesó porque tres académicas latinas negras hicieron el trabajo verdadero de proteger nuestros movimientos efectuando la debida diligencia. Después de que Krug publicó su confesión en Medium, varias mujeres negras testificaron en las redes sociales cómo ella había desafiado no solo su negritud, sino también su bona fides de justicia social.

Al escuchar todas las historias de estas manipuladoras, aprendemos que, junto con las estridentes expresiones de afinidad cultural existen esfuerzos para monitorear, sabotear y vigilar a las mujeres negras, indígenas, y de color [BIWOC por sus siglas en inglés] que encarnan las identidades que ellas están asumiendo. Este comportamiento abusivo es posiblemente más traumatizante que el robo de los trabajos, becas y oportunidades. denunciaba tanto el comportamiento de Bannan hacia ellas como la complicidad que lo facilitó. Esta complicidad incluye los ataques apuntados contra Vásquez. "Me llamó la atención que las latinas en la vida de Bannan que siguen a su lado están cuestionando mis orígenes étnicos/raciales, mis motivos y las 'verdaderas intenciones' detrás de mis informes", publicó Vásquez en Twitter. "Supongo que es más fácil cuestionarme a mí que a la persona que las engañó a ellas y sus movimientos".

Screenshot Tina Vasquez Tweet

Para otros, existe un deseo legítimo de responsabilizar a estas farsantes. Sin embargo, éste esfuerzo a menudo se convierte en una deconstrucción sin fin del comportamiento de estas farsantes. ¿Me pregunto si debemos desgastar este nivel de trabajo emocional en personas que eran activistas experimentadas, abogadas y académicas inmersas en el lenguaje y marcos de la justicia social y que tan hábilmente se fueron en contra de las BIWOC? Esta misión de armar el rompecabezas solo sirve para poner a estas transgresoras en primer plano y silenciar a aquellas de quienes más necesitamos aprender.

Bannan estaba cerca personal y profesionalmente de numerosas mujeres quien yo amo y respeto. Me contenté con dejar espacio para mis colegas hasta que Bannan publicó su segunda declaración. Si bien fue más amable que la primero, ella continuó sin arrepentirse mientras algunas de sus simpatizantes siguieron insistiendo en que no había necesidad de disculparse. Publicando en el hilo de la red social bajo de su declaración, escribí: "A este punto, le sería mejor para la comunidad y para la misma Natasha que ella hablara menos... Sólo quiero escuchar a las mujeres a quienes Natasha le ha hecho daño. No se puede amar a la cultura sin amar a la gente, y si alguna vez le has quitado algo a una latina – desde recursos materiales hasta un sentido de seguridad y pertenencia a su propia comunidad – no nos amas.

“Las que más tienen que rendir cuentas somos nosotras mismas.”

¿De aquí a dónde vamos?

La supervivencia de nuestros movimientos a partir de estas infiltraciones no depende de obtener disculpas y reparaciones de Bannan, Krug, Dolezal, et al. Las que más tienen que rendir cuentas somos nosotras mismas. Lo hacemos restaurando a las latinas que han sido lastimadas por un trato facilitado por nuestra propia praxis opresiva. Estas latinas no se limitan a las que perdieron becas, patrocinios y otras oportunidades materiales. Estas incluyen a mujeres que han sido consideradas no lo suficientemente boricuas por ser negras y aquellas cuyas contribuciones valoramos menos porque son pobres o carecen de educación formal. Y si verdaderamente aspiramos a una política restauradora, comencemos por extender una mano a aquellas con quienes las impostoras se hicieron amigas y que ahora se están recuperando del engaño y lidiando a fondo con lo que el desenmascaramiento significa personalmente para ellas.

Traducido por Juana Ponce de León.

*Nota de la editora.



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