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¿Podrá la primera presidenta de México parar la violencia de género?

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Xóchitl Gálvez (l.) and Claudia Sheinbaum are the two frontrunners for president of México. Xóchitl Gálvez (izq) y Claudia Sheinbaum están al frente de la carrera para presidente de México. Photo/foto: Maritza Ríos/Wikimedia. Gálvez photo/foto: Santiago Alba Ibarra/Wikimedia

En estos días de campaña electoral han diluviado comentarios relacionados con las implicaciones que tendrá el hecho de que la siguiente presidencia será encarnada por una mujer; sea Claudia Sheinbaum -ex gobernadora de la Ciudad de México y la “elegida” del partido oficial MORENA (Movimiento de Regeneración Nacional) para continuar con su proyecto de gobierno-, o Xóchitl Gálvez – ex senadora de la República y ahora candidata de la oposición PRI-PAN (siglas del Partido Revolucionario Institucional y del Partido Acción Nacional). Lo que sabemos con bastante certeza es que habrá una Presidenta.

Lo anterior presupondría principalmente dos cosas. Primero, que tener una mujer en la presidencia implica un avance enorme para el movimiento feminista; y, segundo, que al haber una mujer en presidencia se desplegarán mayores acciones para erradicar la violencia de género en el país. No obstante, la trayectoria y las estructuras que sostienen sus candidaturas, parecen dirigirse a otros fines.

Por un lado, es innegable la relevancia política, social e incluso simbólica que, por primera vez, exista una posibilidad real de tener una presidenta mujer, recalcando que esto no es una concesión del Estado ni mucho menos de los partidos políticos, sino una conquista de la lucha de las mujeres por el derecho a votar y ser votadas. Este movimiento ha sido larga, atropellada y en muchas ocasiones fatal: en 2021, se asesinó a 21 candidatas a puestos de elección pública, y tan solo desde enero, han sido privadas de la vida cuatro mujeres más.

Pero, pasar de ese hecho a que estas candidaturas impliquen un progreso significativo en la atención prioritaria a la violencia y discriminación que vivimos las mujeres, es un salto de fe bastante desmedido. Más bien, esta coyuntura nos obliga a plantear la siguiente pregunta: ¿vamos a tener una agenda realmente encaminada a atacar las causas estructurales de discriminación de género? No lo parece.

“¿Una mujer en la presidencia garantiza una agenda política enfocada a las mujeres?”

Hasta el momento, si bien cada una se ha pronunciado sobre el objetivo de erradicar la violencia contra la mujer, las propuestas que plantean desde sus frentes partidistas se perciben incongruentes con ese objetivo. Para muestra, dos ejemplos.

La cárcel de máxima seguridad que propone Gálvez, ignora por completo los efectos desproporcionados que tienen las prisiones en las mujeres e invisibiliza que las tasas de encarcelamiento han sido desde 2011 más altas en comparación con los hombres. Sin dejar de mencionar que, aunque contradictorio e incongruente con su origen y auto adscripción indígena, funge como la cabeza de la coalición de dos de los partidos más represores contra las mujeres y comunidades indígenas.

La continuación de la militarización del país que sostiene Sheinbaum ya ha sido evidenciada por su creciente ataque contra las mujeres, pues más de 68,000 mujeres han sufrido violencia por parte de militares y cerca del 41% de mujeres arrestadas por estos elementos fueron víctimas de violación.

Además, la presencia y evidente continuidad de las estructuras patriarcales que vienen sosteniendo ambas candidaturas, abren una duda importante sobre la posibilidad de cualquiera de ellas de fracturar dichos cimientos y generar una agenda enfocada a las problemáticas profundas que vivimos las mujeres en México, particularmente la violencia feminicida.

Entonces, más allá del discurso convenientemente feminista de ambas candidatas, enfocado principalmente a la obtención de los votos de un sector significativo de la población, regresamos a la pregunta ¿una mujer en la presidencia garantiza una agenda política enfocada a las mujeres? Aparentemente no.

De la experiencia en donde otras mujeres han ocupado cargos de poder político importante, así como del análisis del contexto actual, podríamos concluir que no es el género lo que determina por sí solo la posibilidad de la transformación estructural que queremos, sino la comprensión y la praxis integral contra las políticas neoliberales caracterizadas por ser machistas, clasistas y racistas.

Y no es que ahora por ser candidatas se les imponga una vara más alta que a los hombres que han detentado ese cargo; sino precisamente por la oportunidad histórica que les está dada, es que la exigencia se hace aún más importante y el cambio se espera -aunque ingenuamente- con mayor ilusión.



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