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La falsificación cultural es una costumbre norteamericana

Boston Tea Party Currier Public Domain wikimedia
Some of the white men who dumped the cargo of ships in the 1773 Boston Tea Party disguised themselves as Native Americans. (c) Wikimedia

En Norteamérica, la tendencia de que gente se hace pasar por miembros de otras etnías o razas se ha vuelto un titular común. Este pasado diciembre un hilo viral de Twitter expusó la farsa étnica perpetrada por Hilaria Baldwin, una instructora de yoga nacida en Massachusetts que pretendía haber nacido en Mallorca, España. A principios de enero, Tina Vásquez, una reportera de Prism sacó a la luz que la abogada de derechos humanos Natasha Lycia Ora Bannan “ha pasado más de una década fingiendo ser latina”. En un giro aparentemente irónico, Bannan ha sido abiertamente una defensora para la descolonización de Puerto Rico.

Los que cultivan estratégicamente el cuento de que pertenecen a grupos minoritarios raciales o étnicos son impostores hábiles y camaleónicos. Engañan a las víctimas con una historia de origen falsa, a menudo utilizando significantes de vestimenta, arreglo personal, narrativa personal, patrones de habla y elisión estratégica. Los impostores participan en estas estafas en aras de los beneficios materiales y simbólicos. Bannan se beneficiό de su falsa identidad al recibir becas, patrocinios y títulos prestigiosos. Fue elegida presidenta de la junta de directores del Center for Constitutional Rights y también fue nombrada “la primera presidenta latina” del Gremio Nacional de Abogados. Incluso después de que se expuso la ahora notoria estafa de Rachel Dolezal, se le ofreció un contrato para escribir un libro y compromisos para hablar en público.

“Cuando los rostros de cutis muy blanco se presentan continuamente como los representantes de la latinidad, los impostores aprovechan la oportunidad para insinuarse en la comunidad y usurpar beneficios.”

Al descubrir a las estafadoras, surge una especulación persistente sobre los motivos psicosociales. Algunas impostoras han abordado estas preocupaciones, ofreciendo varias justificaciones. Hablando con unos periodistas, Dolezal se identificó como una persona “transracial”, por lo que sugiere que podía asumir cualquier identidad racial que escogiera. Bannan intentό aclarar su decepción en una declaración que hace eco de la excusa que presentό Dolezal: “Por décadas, me he identificada como latina…[ésta] identidad ha sido la expresión más auténtica de quien soy”. La erudita Jessica Krug, una mujer blanca de Kansas que se apropió de una combinación de identidades negras y latinas, publicó por su propia cuenta una “no disculpa” que atribuía su engaño a una discapacidad de “problemas de salud mental que probablemente explican por qué asumí una identidad falsa”. La excusa de Krug es aberrante, pero el no disculparse ofrece una clave histórica: “Mi apropiación continua de una identidad caribeña negra es ... incorrecta - poco ética, inmoral, anti-negra, colonial”.

Debemos tomar en cuenta que el colorismo dentro de las comunidades diaspóricas latinoamericanas ha hecho que este tipo de engaño sea especialmente fácil de perpetrar en los Estados Unidos por personas que no son latinas. Cuando los rostros de cutis muy blanco continuamente se presentan como representativos de la latinidad, los impostores aprovechan la oportunidad para insinuarse en la comunidad y usurpar beneficios.

Asentamiento y colonización

Los impostores de raza y etnía perpetúan el colonialismo de asentamiento, desmintiendo la noción de poscolonialismo. Estos estafadores continúan el proyecto europeo de asentamiento y colonización y sus farsas pertenecen a una tradición bien documentada que se ha practicado en las Américas durante siglos.

“Estos estafadores continúan el proyecto europeo de asentamiento y colonización”

En las Trece Colonias, la suplantación del “otro” racial y étnico, particularmente el otro nativo americano, indicaba el privilegio de los blancos y daba lugar a la proliferación de imitadores que se hacían pasar por nativos. Esta forma perniciosa de enmascaramiento todavía sirve como una expresión paradójica de la identidad estadounidense arraigada en el nacionalismo blanco. El Boston Tea Party, un motín dirigido por colonos agraviados por supuestos abusos fiscales bajo los británicos, sirve como un modelo temprano de esta práctica.

En 1773, unos 200 hombres blancos enfurecidos y torpemente disfrazados de indígenas se propusieron asediar tres barcos de té atracados en el puerto de Boston y arrojar su carga al mar. Un participante de la turba, George Hewes, relató la mascarada colectiva: “... me vestí con un traje de un indio, equipado con una pequeña hacha, que yo y mis asociados denominamos el tomahawk... después de haberme pintado la cara y las manos con polvo de carbón en la tienda de un herrero, me fui al muelle de Griffin... Cuando aparecí por primera vez en la calle después ya disfrazado, me uní con muchos hombres que estaban vestidos, equipados y pintados como yo”.

Hewes y sus compañeros disfrazados intentaron engañar a los testigos, con la esperanza de convertir a los nativos en chivos expiatorios por la destrucción que causaron. Este chivo expiatorio es paralelo a algunas respuestas al desenmascaramiento de Bannan. Las víctimas perjudicadas por el comportamiento engañoso de Bannan, muchas de ellas miembros de comunidades diaspóricas latinoamericanas, están siendo identificadas por Bannan y sus partidarios como las que transgresaron. Este cambio de roles ocurrió cuando, en lugar de responsabilizar a Bannan, sus defensores acusaron a la reportera latina quien divulgó la historia de ser la verdadera fraude, en un giro absurdamente contradictorio. La reportera, Tina Vásquez, es hija de un padre inmigrante mexicano y de una madre estadounidense blanca. Vásquez afirma con razón que, a diferencia de Bannan, ella no es latina “culturalmente”. Ella es latina.

Probablemente la mayoría de los estadounidenses no están familiarizados con la historia de Brannan, pero es muy posible que reconocerían a Jacob Chansley, uno de los muchos revanchistas e instigadores blancos que asaltaron el 6 de enero al Capitolio de los Estados Unidos. Algunos relatos han descrito el disfraz de Chansley como inspirado en los vikingos, pero Chansley le dijo a un reportero que se había puesto cuernos de búfalo y pintura facial porque representan las tradiciones de los “nativos americanos”. Explicó que se apropió de la piel de coyote porque “según los navajos, el [animal] es un embaucador”. La figura del embaucador existe en muchas mitologías, incluidas las nórdicas, pero Chansley tomó una decisión racial al elegir el coyote. Su rebelión y transgresión de la ley, por lo tanto, se asocian con un alter ego exotizado al que se le puede culpar.

Chansley aparece en gran medida en uno de los artefactos más aterradores que emergen del asedio al Capitolio. En un video él que se encuentra en el balcón del Senado golpeando un palo contra el piso. Imita grotescamente una canción nativa y su interpretación evoca la memoria de los disfrazados de Boston del siglo XVIII. El espectáculo es un recordatorio de que la herencia poblador-colonizador no ha desaparecido. Es continua y violenta.

Al comentar sobre el asedio del Capitolio, Rafia Zakaria escribe que “la negación del terror blanco no ha sido fomentada y alimentada solo por el presidente Donald J. Trump pero viene de más atrás”. Al igual que el cargamento destruido por los alborotadores en el Boston Tea Party, el mito de la bondad blanca innata es también una importación poblador-colonizador, ideología en la que se apoyan Krug, Bannan y los demás impostores. Ninguno de ellos se identifica como delincuente o agresor. Todos se esconden detrás de justificaciones que los sitúa como víctimas de algún tipo, la mayoría de las veces víctimas de una turba ingrata o intolerante. Este posicionamiento fortalece su inocencia, colocándolos fuera del alcance de la responsabilidad. Esta posición oculta un principio racial básico, que la dependencia de chivos expiatorios es un sello distintivo de la supremacía blanca.

“Es un privilegio del poblador-colonizador poder participar en la otredad aspiracional, querer habitar el yo de las mismas personas a las que se pretende desplazar.”

Es un privilegio del poblador-colonizador poder participar en la otredad aspiracional, querer habitar la identidad de la misma gente que uno pretende desplazar. Falsificadores raciales y étnicos siguen caminando entre nosotros, y una vez que tales fraudes están expuestos, muchas personas prefieren olvidar los daños que cometieron, especialmente cuando el estafador es alguien ampliamente admirado. En cuanto falsificaciones recientes, parece que el Gremio Nacional de Abogados se está moviendo para hacer responsable a Bannan de su estafa, en parte requiriendo que reconozca que mientras siga “identificándose como latina, está participando en la apropiación cultural y causando daño”.

La rendición de cuentas a largo plazo de tales estafas es poco frecuente. Décadas de fingir ser nativa americana no impidieron que Elizabeth Warren, quien aunque usurpó oportunidades destinadas a personas racialmente minorizadas, se convirtiera en una seria candidata presidencial. Comprometerse en un juego de estafar no le iba cerrar sus posibilidades: Falsificar la ascendencia es una tradición poblador-colonizador que es tan estadounidense como el pastel de manzana holandés.

Myriam Gurba es la autora de Mean, memorias de crímenes reales, y está trabajando en Creep, una colección de ensayos. También es editora de Tasteful Rude, una revista de comentarios y críticas.

Traducido por Juana Ponce de León.

*Nota de la editora.



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